El Papa contó la historia de una confesión que le cambió la vida para siempre

En la audiencia con los Misioneros de la Misericordia pide: “No olviden: frente a nosotros no está el pecado, sino el pecador arrepentido”

“Les confieso fraternalmente que para mí es un motivo de alegría la confesión del 21 septiembre de 1953, que ha reorientado mi vida. ¿Qué me ha dicho el sacerdote? No recuerdo. Sólo recuerdo que me ha hecho una sonrisa y después no sé que ha pasado. ¡Es recibir en el confesionario como un padre!”, dijo el Papa Francisco.

El Obispo de Roma recibió en audiencia a 726 sacerdotes y religiosos, Misioneros de la Misericordia, este martes 9 de febrero en la Sala Regia del Palacio Apostólico del Vaticano. “Con gran gusto les encuentro, antes de darles el mandato de ser Misioneros”, sostuvo el Papa.

El Pontífice explicó a los Misioneros de la Misericordia una anécdota personal: la confesión que le cambió la vida; aun sin mencionarlo, se trata del episodio de cuando decidió ser sacerdote.

En lugar de ir a jugar a la pelota con sus amigos, ese día sintió el deseo de acercarse a la iglesia de su barrio para confesarse. 13 años más tarde, luego de una larga preparación, Jorge Mario Bergoglio sería ordenado sacerdote (13.12.1969).

Y quizás -nos perdonen esta especulación- hoy no sería el Papa sin ese confesor comedido que mencionó en su historia.

En otro momento de su discurso manifestó que un alma que entra al confesionario “es frágil” y debe ser tratada con cuidado paterno. De otra manera, es mejor abandonar el papel de confesores.

Se trata de un llamado a la responsabilidad, como refirió en la homilía de esta mañana con los frailes capuchinos en la Basílica vaticana.

Con motivo del Año Santo, el Pontífice ha querido encontrarse con este grupo de sacerdotes voluntarios, un día antes del mandato extraordinario que les dará durante la celebración de la misa del Miércoles de Ceniza para perdonar los pecados que normalmente absuelve solo la sede apostólica.

Los Misioneros son 1.142; de ellos 700 prestarán servicio en la Ciudad eterna. “En primer lugar deseo recordarles que en este ministerio ustedes están llamados a manifestar la maternidad de la Iglesia. La Iglesia es Madre porque genera siempre nuevos hijos en la fe; la Iglesia es Madre porque nutre la fe; y la Iglesia es Madre también porque ofrece el perdón de Dios”, recordó.

Otro aspecto importante –reiteró el Papa– es saber contemplar el deseo de perdón presente en el corazón de quien se confiesa. Es un deseo fruto de la gracia y de su acción en la vida de las personas, que permite sentir la nostalgia de Dios, de su amor y de su casa.

Precisamente, pidió no olvidar que esa añoranza de Dios está en el inicio de cada conversión. “El corazón se abre a Dios reconociendo el mal causado, pero con la esperanza de obtener el perdón”.

El Papa exhortó a poner atención no sólo en la palabra sino a los gestos. “La persona que viene a confesarse viene con el gesto de venir y está arrepentido y quisiera no caer en esas situaciones. Tiene miedo de decirlo y después de no poderlo mantener…”.

Así, invitó a los misioneros a “abrir los brazos” a los que se acercan al confesionario.

Por último, habló de la vergüenza que experimentan las personas que van a confesarse. Y exhortó “al respecto” y a “animar”. “La vergüenza es un sentimiento íntimo que incide en la vida persona y requiere por parte del confesor una actitud de respeto”, dijo.

De esta manera, contextualizó sus palabras en la Biblia y citó el libro del Génesis con Adán y Eva. “La primera reacción de esta vergüenza es la de esconderse frente a Dios” (cfr. Gen 3, 8-10).

Sucesivamente, explicó que ante el sacerdote confesor está una persona desnuda, con su debilidad y sus límites, con la vergüenza de ser pecadores. “No olviden: frente a nosotros no está el pecado, sino el pecador arrepentido”.

Por lo tanto, sostuvo, “no estamos llamados a juzgar, con superioridad, como si fuéramos inmunes al pecado”. Además, solicitó evitar la excesiva curiosidad de juez inquisidor cuando alguien se confiesa.

“Ser un confesor según el corazón de Cristo equivale a cubrir el pecado con la cobija de la misericordia, para que no se avergüence más y pueda recuperar la alegría de la dignidad filial”, añadió.

Sin mirar las hojas de su discurso contó lo que le decía un cardenal de la Curia sobre la forma de confesar: “Cuando veo que la persona está por decir algo que la incomoda, le digo: “entendí, prosiga”. Eso es ser padre….”, señaló Francisco.

El Papa le manifestó a los sacerdotes y religiosos misioneros que les acompaña en esta aventura, dándoles como ejemplo a dos santos ministros del perdón de Dios, san Leopoldo y san Pío, junto a tantos otros santos sacerdotes que en su vida han testimoniado la misericordia de Dios.

Luego bromeó con los presentes diciendo: allí entre ustedes hay un sacerdote italiano, bajito con la barba…igualito a san Leopoldo.

Rino Fisichella, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, había explicado al inicio de la audiencia que había un misionero que realizaría la obra de misericordia de la absolución de los pecados en varias aldeas lejanas en el Antártico. El Papa al final del discurso lo recordó y dijo: “Que se cubra bien del frío, ¡eh!”.

“Les asista la Madre de la Misericordia y les proteja en este servicio precioso. Les acompañe mi bendición; y a ustedes, por favor les pido, no se olviden de rezar por mi”, concluyó.

Al final, el Papa saludó personalmente a los misioneros, se tomó fotos y compartió con ellos momentos de compañerismo.

Fuente: http://es.aleteia.org/

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