Luis Enrique Ascoy 
@luisenriqueascoy 
Músico católico y evangelizador a tiempo completo.

Antes de salir al servicio musical en una Santa Misa, una charla o testimonio, un recital pequeño o un concierto grande, en el momento de oración previo me pregunto a mí mismo: ¿porque estas aquí Ascoy?, ¿porque haces esto?, ¿quieres ser famoso?, ¿lo haces por la ofrenda?, ¿porque se convirtió en una rutina que no puedes cambiar?, ¿lo haces buscando la providencia para ti y tu familia? La respuesta no la pronuncio propiamente, sino que viene al salir al servicio mismo. Antes de comenzar a cantar trato de mirar a la gente, veo sus rostros, sus edades, sus expresiones y luego de 31 años de servicio, puedo decir que todavía sigo sintiendo el mismo cariño y emoción por la gente y es que Dios está en cada uno de ellos. Al igual que en los Sacramentos y especialmente ante la Eucaristía (Mateo 26, 26), en la Palabra de Dios (Juan 14, 23) y en la comunidad reunida (Mateo 18, 20), Jesús habita en cada persona como en un sagrario humano (Mateo 25, 35). Dejaría con gusto mi garganta entera por verlos un poco más felices luego de cantarles, sea un grupo pequeño de personas o una multitud.

Ahora bien, no voy a mentirles. Por supuesto que no me disgusta si me reconocen en el Mega Plaza cuando estoy almorzando con mi familia, disfruto del cariño de la gente cuando se acercan para una foto o un autógrafo y Dios sabe que la ofrenda o el honorario lo necesitamos para sostener a nuestra familia y nuestra pequeña obra. Por ello siempre la recibimos con gratitud y a veces con alivio. Dios me utiliza a pesar de mis caídas y miserias, pero aún sigue en mi corazón el amor por la gente que está por encima de todo lo descrito y se acrecienta mucho más al ver a mis queridos jóvenes (en quienes veo a mis hijos) y a la gente de menores recursos, quienes siempre se desviven por atenderte lo mejor posible y darte cariño.

Dios siempre espera de nosotros un amor “concreto y personal”: “Tuve hambre y me diste de comer’ tuve sed y me diste de beber…” (Mateo 25, 35). Los músicos nunca estuvimos exentos de ello. ¿Como traducir este amor personal en nuestro servicio?. No se trata solamente de amar a “la música” o de amar al público como “masa” o “colectivo”. Quizás en la música secular eso sea suficiente, pero si queremos evangelizar a través de la música, me temo que ello no basta. No basta con amar a través del Facebook, del CD o del DVD, o componer y ejecutar hermosa música nada más. Debemos amar a cada persona a quien cantamos y con quienes cantamos, comenzando por el prójimo (léase: “próximo”, Luchas 10, 30 – 37). ¿Amamos a los hermanos del ministerio que cantan con nosotros?, ¿nos preocupamos por sus angustias y problemas personales o solo nos interesa que toquen o canten bien? Cuando servimos en Misa o en algún retiro o reunión, ¿saludamos a alguien?, ¿sonreímos a alguien?, ¿o ingresamos por otra puerta y atendemos solo a instrumentos, parlantes y micrófonos?. ¿amamos al Sacerdote que celebra la Misa donde servimos? Si participamos en un festival, ¿amamos al ministerio que tocó antes? ¿al que tocó después?, ¿tenemos la delicadeza de escucharlos o al menos saludarlos?

Es cierto que si el servicio es para miles de personas, este trato fraterno y personal resulta complicado, pero ¡seamos sinceros!, son poquísimos los ministerios musicales que tienen frecuentemente esos auditorios, comenzando por quien escribe. Mientras sea razonablemente posible, debemos tener la misma fraternidad del Maestro que mandaba a sus apóstoles por delante, mientras él se quedaba EN PERSONA despidiendo a la gente uno por uno (Mateo 14, 22). ¡Conmueve la delicadeza del Rey de Reyes!, ¿no es cierto?

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