Cómo deberíamos celebrar la Navidad

La Navidad es la celebración del nacimiento de Jesús: Dios que se hace hombre naciendo de la Virgen María para morir en la cruz y pagar por nuestros pecados, dándonos así la vida eterna.  Navidad, del latín “nativitate” (nati=nacimiento, vita=de la vida, te=para ti) significa “nacimiento de la vida para ti”. En inglés “Christmas” significa “misa de Cristo”.

A través del tiempo se han agregado diversas costumbres a la celebración de la Navidad. Para muchas personas es solo una tradición y una diversión cuyo símbolo es un personaje inventado en 1931 por una famosa marca de bebidas gaseosas —que después todo el comercio adoptó y lo volvió popular— llamado Santa Claus. Sin embargo, los cristianos continuamos celebrando el nacimiento de Jesús respetándole su lugar en su fiesta de cumpleaños, poniendo al Niño Dios en el centro, que es el verdadero sentido a la Navidad. 

No sabemos la fecha exacta del nacimiento de Jesús. Los primeros cristianos observaron días diferentes. En el año 354 el papa Liberio mandó celebrar el nacimiento de Cristo el 25 de diciembre porque muchos ya lo celebraban como festivo dedicado a Saturno. El Papa escogió ese día para contrarrestar la celebración pagana y cristianizar la fecha. Celebrar el nacimiento de Cristo ese día no es malo en absoluto. Lo importante es celebrar “que Jesús nació” y ese es el día escogido para recordar su nacimiento por los cristianos católicos, ortodoxos y protestantes o evangélicos.

En Navidad adoptamos varias costumbres que provienen de culturas europeas y norteamericanas. Algunas resultan bonitas y apropiadas, aunque no todas. No debemos caer en extremos. En diciembre nieva en Europa y EE. UU. No causa daño representar la nieve aquí, aunque resulta ridículo bajo nuestro ardiente sol tropical. El árbol de Navidad tiene un origen pagano, pues en algunas culturas antiguas lo adoraban. Pero si engalanamos un árbol para mostrar nuestra alegría por el nacimiento de Jesús, no tiene nada de malo, igual como ponemos otros adornos. Es la intención con que lo hagamos lo que determina si algo es aceptable ante Dios.

Santa Claus no debería formar parte de nuestra tradición navideña, porque fue inventado para hacerle propaganda a un refresco, contrario a los “reyes magos” (que en realidad no eran ni reyes ni magos, sino sabios estudiosos) que figuran en el Evangelio y trajeron regalos al niño Jesús. Lo triste y dañino es que pareciera que en Navidad ahora celebramos más a Santa Claus que al Niño Dios. Aunque, para no ser extremistas y como algunos dicen que representa a san Nicolás, un obispo de la antigüedad que llevaba regalos a los pobres, podemos tolerar a Santa Claus como algo folclórico o tradicional, pero sin que sustituya como personaje principal de la Navidad al niño Jesús; y cuidemos mucho de explicar a nuestros niños que la Navidad no es la fiesta de Santa Claus, sino del Niño Dios. Mantengamos nuestras tradiciones: la novena al Niño Dios, los sones de Pascua, las posadas y las pastorelas.

El nacimiento, pesebre o Belén —genial idea de san Francisco— con José, María, el Niño, los sabios de Oriente, los pastores, el buey, la mula, y sus adornos, es educativo, inspirador, actualiza el nacimiento de Jesús y nos mueve a reverenciarlo. 

La cena es una reunión familiar para celebrar el cumpleaños de Jesús y recordar a la familia de Belén. Los regalos que intercambiamos nos recuerdan los obsequios que los sabios de Oriente le llevaron al niño; acordémonos también de dar algún regalito para los niños pobres. La Navidad es el cumpleaños de Jesús y como en toda celebración de cumpleaños hay fiesta, adornos, luces, música, cena, alegría… pero, ¡es absurdo celebrar un cumpleaños sin el cumpleañero! Una Navidad sin el Niño Dios no es realmente Navidad. 

Abogado, periodista y escritor
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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