Oración para el Adviento 2018

Oración para el Adviento 2018, por Luis Ángel Montes Peral, sacerdote diocesano de Palencia, biblista y teólogo

Sin apenas notarlo, el Adviento ha vuelto a nosotros.

En su centro aparece un año más la persona del «Viniente»,

que nos busca, quiere entrar en nuestro interior

y nos ofrece su amor incondicional, lleno de ternura y comprensión.

Se acerca a nosotros calladamente, sin violencia alguna,

para que escojamos lo mejor de su vida y la nuestra,

sin que tengamos miedo, a pesar de los pecados, a dialogar de tú a tú,

dejando a un lado las reservas paralizantes.

Jesús sale a nuestro encuentro, sí, con su Evangelio en la mano,

que nos habla de acoger el Reino y trabajar por su extensión.

Ese Reino crece en cada uno como una semilla de gracia,

que se desarrolla en la vida propia y en la de los demás.

Pero también pide en su maduración la colaboración de cada uno,

en la que estén presentes la fidelidad y el servicio, sin que falte la ilusión.

Se vuelve experiencia de filiación y fraternidad

y aumenta la esperanza, que en su día alcanzará a la plenitud.

En este tiempo bendito Cristo sigue dándose en sus sacramentos,

cada día en la celebración de la Eucaristía,

la forma creyente más plena de unión y comunión con su persona.

Lo hace como «cuerpo entregado, partido» y «sangre derramada»,

para que, más allá de la debilidad humana, podamos crecer en la santidad.

Se hace misericordia entrañable en la Penitencia,

que todos necesitamos para sentir la alegría del perdón

y para poder perdonar a los demás como Él hace con nosotros.

Desea hablar de amistad, pero también de los problemas concretos,

que nos acucian cada día en el trabajo personal,

mediante la oración, convertida en lugar de silencio y reposo,

de cambio de actitudes y llamada a la conversión.

Ábrenos los ojos y los oídos, Señor, para discernir los signos de los tiempos,

Reblandece nuestro  corazón, para apasionarnos con la tarea apostólica,

Danos tu sensibilidad para conformar una espiritualidad de siglo XXI,

no de los tiempos anteriores al Concilio.

Que no perdamos nunca de vista la solidaridad con los pobres,

que hoy tienen sus formas más extremas en los emigrantes y refugiados.

Sácanos del individualismo y del egoísmo, que nos corroe.

Que aprendamos a decir «» como lo hizo tu Santa Madre.

Y de una manera muy especial ayúdanos, para seguir manteniendo

la relación de hijos con el Padre, de hermanos contigo, el Hermano,

y de santificados con el Espíritu, que alienta nuestro espíritu

y plasma nuestros carismas al servicio de la Iglesia.

Amén. ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22,20).

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